Wachik’aj 75.
Para conseguir los votos en el pleno hoy para aprobar la ley de armas no se requiere de un milagro o varitas mágicas, hace falta orgullo.
Orgullo en el pleno
El mayor error de nuestra fiscalización como ciudadanos al Congreso es echar a todos los diputados en el mismo saco y dar por descontado que no se puede esperar nada bueno de ellos. Disiento. Y más con la Ley de Armas y Municiones que debería aprobarse esta semana. Han logrado leyes como la Cicig, la del feminicidio…
La ecuación es muy simple. Somos 13 millones de guatemaltecos, unos 6 millones de adultos. Hay 500 mil armas en el país. Muchas, muchas balas. Hay 17 asesinatos diarios. Las armas no dan seguridad; y con el descontrol de las armas que hay en el país y la permisividad, sólo aumentan la violencia. Es de cínicos –la asociación de armeros- decir que el problema no son las armas sino cómo se usan. Seguramente deberían usarse como palas o rastrillos, ¿cierto? Las armas y las balas sólo sirven para matar.
Y aunque muchas armas no sean legales ni estén registradas, las balas que compran sí lo están y pueden comprar las que les dé la gana. La reducción a un tope de 400 balas es ridícula. ¿Quién necesita comprar 400 balas por día o por mes o por año? Seguramente las necesitan los narcos, mafiosos y sicarios.
Por qué vamos a dejar que sea el DECAM (Departamento de Control de Armas y Municiones, en el Ejército) el que siga siendo el ente rector, si durante años no les pone ninguna traba –ni alerta a las demás autoridades- y deja que, por ejemplo, un joven de 20 años tenga cuatro armas, incluida una de asalto. Debe pasar ese control a Departamento en el Ministerio de Gobernación.
Está comprobado que las ciudades latinoamericanas que restringen el uso de armas y balas reducen los índices de violencia. Bogotá, Sao Paulo, Medellín… evidencias no faltan.
Ése es el escenario. Y nosotros, guatemaltecos de varias generaciones, hemos decidido que para solucionar ese tipo de problemas nacionales haya un foro, y que en ese foro nos representen 158 ciudadanos electos democráticamente y que ese foro se llame Congreso. Y que para tomar una decisión, 80 ciudadanos de esos 158 tienen que estar de acuerdo y decidir, y si es de urgencia nacional, 105.
Hemos decidido también, después de 24 años de ejercicio político, que los representantes se agrupen en bancadas, que representan partidos políticos, y que los líderes encaminen a sus diputados y les convenzan. Esos líderes parlamentarios y los diputados son los que tendrán que rendir cuentas esta noche ante la ciudadanía –y también ante el espejo- sobre el resultado de la votación en el pleno.
Por un lado están las mafias que presionan y sobornan. Por otro lado está la ciudadanía –incluidas las familias de los diputados- que no soporta más violencia. Señores representantes (porque no se les olvide, son nuestros representantes), hay 6 mil muertos al año. No estamos hablando de hectáreas, de toneladas, estamos hablando de personas con vidas, con sueños, con futuros, con familias. Lograr los votos en el pleno requiere de liderazgo político, no de varitas mágicas y discursos eternos. Requiere de agallas, requiere de carisma, requiere de orgullo. La pelota está en su cancha.
martinpellecer@gmail.com
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lunes, 23 de marzo de 2009
martes, 27 de enero de 2009
67. Congreso clientelar
Pobrecitos los diputados y su atasco parlamentario por la designación de las comisiones legislativas de trabajo. Quizás quieren una comisión porque sin ella no les dan oficina propia, ni dos asesores propios, ni un secretario. Quizás porque sin ella no llega el Ministro cuando quieren cuestionarlo o no sirven de contrapeso al oficialismo. Quizás si no, no pueden conseguir obras para alcaldes o dinero de empresarios en mordidas para pagar las deudas de la campaña. O, más aún, porque sin comisiones no tienen poder para hacer favores y así ganar lealtades, y con estas lealtades clientelares, votos.
Los diputados y las comisiones no son la raíz de la corrupción o del clientelismo. Son la cara del clientelismo. Ése sistema tan afincado en Guatemala o México de pedir favores al poderoso a cambio de lealtad, de recibir dinero a cambio de lealtad, ese sistema de decir “sí jefe”, “sí don”, de callar o no cuestionar porque si no “no soy fiel” y me pueden echar del trabajo. Ese sistema corrupto es el que nos hace tener esos políticos.
Cubrí el Congreso dos años para este diario y ese patrón se reproduce todo el tiempo. El diputado que le tiene “respeto” (o miedo) a su líder de bancada y no critica la corrupción que le ofrece. El diputado que le dice al otro “haceme el favor de darme tu cuota de obras y luego te lo devuelvo” y se dan un estrechón de manos tan digno. El alcalde que va a pedirle mordidas al diputado a cambio de reunirle gente. El empresario que le pide un dictamen a cambio de dinero y el diputado que le es fiel con su voto. O el constructor que accede a pagar mordida porque si no, no le dan obras. El funcionario de Gobierno que accede a la corrupción porque si no, “no lo dejan de joder los diputados”.
O sea, no vengamos con populismos de que hay que “depurar el Congreso” o “hay que reformar la Constitución para acabar la corrupción con un Estado neoliberal”. Lo depuramos en tiempos de Serrano y los Congresos liderados por FRG, Gana o UNE no fueron probos. En vez de eso, deberíamos depurarnos todos a nosotros mismos.
Ninguna persona nace siendo ciudadano; se aprende en la escuela y en la casa y con el resto de la sociedad. Los Estados se hicieron para que sus ciudadanos tengan la oportunidad de desarrollarse y ser felices, con obligaciones y derechos de ciudadano (el nuestro empezó hace 187 años). Durante 30 años de dictaduras (1954-1984), el Estado de Guatemala no construyó ciudadanos soberanos para pensar, actuar, exigir ciudadanía. Tras 12 años de democracia en guerra (1985-1996) y 12 años de democracia en paz (1996-2009) nos cuesta construir ciudadanos plenos, aunque es cierto avanzamos lentamente.
Si los padres de familia y maestros formaran ciudadanos, si los líderes ayudaran, todos podrían negarse a ser leales (que es más que dar el voto) a los alcaldes, diputados y funcionarios corruptos, a reclamar a los jueces, a los policías y a los jefes corruptos.
Mientras eso sucede, los diputados que lideran el Congreso podrían darnos una lección al reformar el sistema de reparto de comisiones antes que lleguemos a tener 158 salas. Podrían asegurar a cada diputado una oficina decente (porque casi ninguno tiene oficina decente), con su propio secretario, dos asesores y habilitar salas de trabajo. Podría hacerse una competición por capacidades y planes de trabajo por unas 30 comisiones en la que los bloques grandes tengan más que los pequeños, pero que los pequeños tengan al menos una, y obligar realmente a todos a trabajar; sólo eso, hacer su trabajo por el que cobran un sueldo y gastan un prestigio. ¿Es mucho pedir?
PS. En www.martinguatemala.blogspot.com escribí sobre Pro Reforma, pues no amerita una columna.
martinpellecer@gmail.com
Los diputados y las comisiones no son la raíz de la corrupción o del clientelismo. Son la cara del clientelismo. Ése sistema tan afincado en Guatemala o México de pedir favores al poderoso a cambio de lealtad, de recibir dinero a cambio de lealtad, ese sistema de decir “sí jefe”, “sí don”, de callar o no cuestionar porque si no “no soy fiel” y me pueden echar del trabajo. Ese sistema corrupto es el que nos hace tener esos políticos.
Cubrí el Congreso dos años para este diario y ese patrón se reproduce todo el tiempo. El diputado que le tiene “respeto” (o miedo) a su líder de bancada y no critica la corrupción que le ofrece. El diputado que le dice al otro “haceme el favor de darme tu cuota de obras y luego te lo devuelvo” y se dan un estrechón de manos tan digno. El alcalde que va a pedirle mordidas al diputado a cambio de reunirle gente. El empresario que le pide un dictamen a cambio de dinero y el diputado que le es fiel con su voto. O el constructor que accede a pagar mordida porque si no, no le dan obras. El funcionario de Gobierno que accede a la corrupción porque si no, “no lo dejan de joder los diputados”.
O sea, no vengamos con populismos de que hay que “depurar el Congreso” o “hay que reformar la Constitución para acabar la corrupción con un Estado neoliberal”. Lo depuramos en tiempos de Serrano y los Congresos liderados por FRG, Gana o UNE no fueron probos. En vez de eso, deberíamos depurarnos todos a nosotros mismos.
Ninguna persona nace siendo ciudadano; se aprende en la escuela y en la casa y con el resto de la sociedad. Los Estados se hicieron para que sus ciudadanos tengan la oportunidad de desarrollarse y ser felices, con obligaciones y derechos de ciudadano (el nuestro empezó hace 187 años). Durante 30 años de dictaduras (1954-1984), el Estado de Guatemala no construyó ciudadanos soberanos para pensar, actuar, exigir ciudadanía. Tras 12 años de democracia en guerra (1985-1996) y 12 años de democracia en paz (1996-2009) nos cuesta construir ciudadanos plenos, aunque es cierto avanzamos lentamente.
Si los padres de familia y maestros formaran ciudadanos, si los líderes ayudaran, todos podrían negarse a ser leales (que es más que dar el voto) a los alcaldes, diputados y funcionarios corruptos, a reclamar a los jueces, a los policías y a los jefes corruptos.
Mientras eso sucede, los diputados que lideran el Congreso podrían darnos una lección al reformar el sistema de reparto de comisiones antes que lleguemos a tener 158 salas. Podrían asegurar a cada diputado una oficina decente (porque casi ninguno tiene oficina decente), con su propio secretario, dos asesores y habilitar salas de trabajo. Podría hacerse una competición por capacidades y planes de trabajo por unas 30 comisiones en la que los bloques grandes tengan más que los pequeños, pero que los pequeños tengan al menos una, y obligar realmente a todos a trabajar; sólo eso, hacer su trabajo por el que cobran un sueldo y gastan un prestigio. ¿Es mucho pedir?
PS. En www.martinguatemala.blogspot.com escribí sobre Pro Reforma, pues no amerita una columna.
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Etiquetas:
clientelismo político,
congreso,
Guatemala
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