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lunes, 2 de marzo de 2009

72. Guatemala, Estado fallido

No llegaremos a ser un Estado fallido, pero tenemos que lograr ser uno sólido y decente; la Cicig nos ayudará.

¿Estado fallido?

“Guatemala está a punto de ser un Estado fallido”. Suena como a “Guatemala está a punto de irse al infierno y morirse ahí”. Creo que sólo nos bloquea la cabeza y nos impide trabajar para mejorar la grave situación de nuestro Estado, de nuestros ciudadanos.

Primero, el infierno no existe. Es un estado mental. Segundo, Estado fallido es un concepto que inventaron quienes creían que era telelógico y fácil el paso de un Estado autoritario a uno democrático con justicia.

Es muy fácil describirnos así si alguien viene de Estados europeos a los que les costó 200 años ser exitosos y lleva dos meses en este país. Sí, podemos parecer un “Estado fallido”. Eso si la vida fuera monolíticamente blanca y negra y no de colores y si hasta hace 24 años sí hubiéramos tenido un Estado exitoso. Entre 1954 y 1984 vivimos bajo dictaduras que dejaron a dos tercios de los ciudadanos bajo la pobreza, que asesinaron a 200 mil ciudadanos y desaparecieron a 50 mil ciudadanos. ¿Eso era un Estado? ¿Exitoso? Para muchos diplomáticos y conservadores guatemaltecos seguramente era.

Ciertamente un Estado con unos 56 por ciento de pobres y donde mueren de forma violenta en un año más de 5 mil ciudadanos tampoco es exitoso. Pero no es fracasado. Fracaso es igual a muerte imaginaria. Y estamos vivos. Hay policías que depuran policías y rescatan secuestrados, hay buenos políticos, burócratas y profesores que intentan construir silenciosamente más Estado y ciudadanos, bomberos que reciben fondos públicos para salvar ciudadanos, ciudadanos que pagan a tiempo sus impuestos y no tiran la basura en la calle. Periodistas valientes que fiscalizan y critican. Testigos que no se amedrentan. Líderes que denuncian y proponen.

Hace 28 años nadie hubiera imaginado tendríamos democracia a prueba de desencantos, intimidaciones y eferregismo. Que podríamos ejercitar la libre expresión en la capital. Que en un parlamento podrían sentarse ex guerrilleros y ex militares, finqueros democráticos y mujeres indígenas con su traje y un súper currículo, y debatir.

Siempre podemos animarnos a pisar fuerte. A ir contra la corriente de la impunidad y prolongar la presencia de la Cicig otros dos años porque la necesitamos y es una mano gratis y valiente que nos dan de fuera. A ir contra la corriente de asnos (que creen que con pistolas habrá paz) y prohibir la portación de armas en las calles (dejarla sólo en las casas o los agentes de seguridad, por ejemplo). A ir contra la corriente del narcotráfico y construir ciudadanos que encuentren ilegítimo e indigno enriquecerse de un día a otro a costa de matar gente.

La Cicig puede ser una de las pocas luces al final del túnel. El simple hecho de que ya puedan trabajar con una parte de la policía y que encaren a jueces, fiscales y políticos mafiosos es un motivo de esperanza.

Y podemos imaginarnos no como un Estado fallido, fracasado, sino como uno frágil que tenemos que convertir en sólido con ciudadanía y justicia, por nosotros y nuestros hijos. Uno débil pero “resilente” (que es esa característica de algunas plantas o de muchos niños de salir fortalecido de las adversidades). O bien podemos seguir con ese discurso tan científico, apagar las luces e irnos para siempre los que podamos. Yo trabajaré por la primera opción.
martinpellecer@gmail.com